Elogio de José Ortega y Gasset

ortega-y-gassetComo este curso no expondré la filosofía de Ortega y Gasset por azares de la administración (ya que se rige más por azar que por razones) siento una deuda hacia él, una de esas deudas gratas, una de esas deudas en realidad gratuitas. No soy ningún especialista en la obra y pensamiento y vida y milagros de este pensador madrileño. No tengo idea sobre cuál es el lado correcto en todas las polémicas que suscita: que si él o Heidegger o Dilthey, que si pidió la extremaunción o si había perdido la chaveta antes de morir, que si era un enorme copión o un lúcido y profundo intelectual al tanto de lo que ocurría a su alrededor, que si la alumna superó al maestro (otra cosa que lo emparenta con Heidegger)… Nada de eso tengo claro. Evidentemente he leído algo de su obra y nada o casi nada de pe a pa : En torno a Galileo, ¿Qué es filosofía?, El tema de nuestro tiempo, artículos de El espectador… poco más, la verdad. En realidad, no haber leído ni la mitad de la obra de Ortega me hace ver con buenos ojos las montañas que aún me restan por asaltar. Y es que leer a Ortega es un placer en todos los casos. ¿Qué cara se nos quedaría si aquella frase sobre que la claridad es la cortesía del filósofo la hubiese pronunciado Husserl, Heidegger, Kant o tantos otros costosos escritores? Quede claro: por mi parte yo los admiro, pero no porque me pongan fácil su lectura, desde luego que no. En el caso de Heidegger, en el de Derrida o en el de Adorno incluso, la manera abstrusa en que se expresan podrá estar justificada por el mismo pensamiento que lo provoca. No digo que no. Pero a uno se le hace cuesta arriba esa lectura y la sensación de victoria al llegar a la cima, de hacerlo, es diferente, quizá más gloriosa o distinguida, pero hay que reconocerle a Ortega que subir a sus montañas, con frecuencia, se le hace a uno como si en realidad se marchase cuesta abajo. Podría poner mil ejemplos, pero traeré el último pasaje de Ortega con el que me encontré, y el que me ha inspirado este elogio. Ortega hablando de los griegos, pensando como los griegos al mismo tiempo que pensando en nosotros:

Cuando los griegos descubrieron que el hombre pensaba, que existía en el universo esa extraña realidad que es el pensamiento (hasta entonces los hombres no habían pensado, o como el bourgeois gentilhomme, lo habían hecho sin saberlo), sintieron tal entusiasmo por las gracias de las ideas, que atribuyeron a la inteligencia, el logos, el rango supremo en el orbe. En comparación con ello, todo lo demás les pareció cosa subalterna y menospreciable. Y como tendemos a proyectar en Dios cuanto nos parece óptimo, llegaron los griegos con Aristóteles a sostener que Dios no tenía otra ocupación que pensar. Y ni siquiera pensar en las cosas: esto se les antojaba un como envilecimiento de la operación intelectual. No; según Aristóteles, Dios no hace otra cosa que pensar en el pensar —lo cual es convertir a Dios en un intelectual, más precisamente, en un modesto profesor de filosofía. Pero repito que, para ellos, era esto lo más sublime que había en el mundo y que un ser puede hacer. Por eso creían que el destino del hombre no era otro que ejercitar su intelecto, que el hombre había venido al mundo para meditar o, en nuestra terminología, para ensimismarse.

Ensimismamiento y alteración

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4 comentarios en “Elogio de José Ortega y Gasset

    • Los azares seguramente respondan a razones (suele opinarse que la razón principal es la de eliminar del currículum las humanidades y enfocarse en contenidos de empleabilidad y/o flexibilidad laboral), pero está todo hecho tan torticeramente que, por último, sea lo que sea se aplica de aquella manera, consiguiendo que entre la primera razón y la definitiva aplicación haya más azares que razones. Por eso lo digo.

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    • Con la excusa de la “empleabilidad” (¿para qué?…) y la “flexi-seguridad” laboral (¿para quién?…) matan, paso a paso, poco a poco, el saber, el arte, el pensamiento crítico y, de paso, cualquier forma de vida o causa que no sea “la suya”. Lo que pasa que quienes, en su camino, de esto se percaten, pueden con derecho rebelarse, reclamar “lo suyo” en otro sentido, con lo que su posición monopilizadora y dominante deja de estar garantiza. Se diría que, quizá, por esa conciencia, lo único que a aquellos les resta es reducir, suprimir, condenar a un olvido progresivo pero incesante, toda herramienta de apercibimiento y liberación del individuo, la persona. No hay nadie más “empleable” que un tonto feliz e inconsciente siéndolo. Miserias.

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