Juan Carlos Aragón y el sur metafórico

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Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. […] Desde un rincón, el viejo gaucho extático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo.

Jorge Luis Borges, Sur.

El carnaval, el de Cádiz, es un fenómeno social complejo. Quienes entran en él suelen caer, envenenados, en el chovinismo más cegato. Quienes lo ven desde fuera lo viven extrañados, perplejos ante tanto fanático zombificado. Así, el fenómeno del carnaval, el de Cádiz, es complicado de explicar a la gente que está fuera de él. 

La honda sacudida que ha provocado la muerte de Juan Carlos Aragón el pasado viernes a los 51 años, sin embargo, creo que es mucho más sencilla de explicar. Lo es por la también sencilla razón de que Juan Carlos Aragón no es sólo carnaval, como, ojalá, tampoco debería serlo el propio carnaval. En estas horas se ha agravado eso de hablar de él con términos elogiosos como “gran poeta” o “gran filósofo”. Esto, a quien no esté familiarizado con el carnaval, como a quien sí lo esté, pero tenga una conciencia más allá del carnaval, deberá de parecerle una barbaridad, una exageración propia de fanáticos idiotizados; y en cierto sentido lo es, es algo exagerado, y casi una falta de respeto a quienes el mismo Juan Carlos respetaba. Juan Carlos Aragón no era Nietzsche (mal que a él le pesara) ni Marx, no era Machado ni Lorca. Ésos sí son grandes filósofos o poetas. Al fin y al cabo, él hacía canciones, y el género popular de la canción escupe normalmente sobre tan altos vuelos. En este sentido, hemos de pensar en cantantes, y ahí sí encontramos parangón (Sabina, Krahe, Dylan –maldito Dylan–, Cohen, Georges Brassens, Giorgio Gaber, Caetano Veloso…), y, aunque quizá no podamos ponerlos al nivel de los grandes de la literatura, sí que podemos decir que Juan Carlos Aragón, como ellos, estaba en la senda de la literatura más allá de un carnaval localista y del simple género de la canción. Cádiz ha vivido grandes nombres de la literatura del siglo XX como Alberti, Fernando Quiñones o Carlos Edmundo de Ory, y en esa misma senda, jugando con sus mismas reglas, nos encontramos a Juan Carlos Aragón Becerra. Permítanme como muestra un botón.

Se han publicado en estas horas centenares de sus canciones (las coplas lo son), pero yo quiero rescatar una que bien podría entrar en la historia, aunque sea la pequeña, de la literatura. Vean esta canción como sintomática, como posible extrapolación de lo que hay en ella en buena parte del resto de sus letras. Se trata de un pasodoble donde habla del Sur. ¡Mira tú qué tontería!

«En el Norte los del Norte tienen una condición que en el Sur no la tenemos. En el Sur a los del Sur puede ser que nos importen las cosas un poco menos». Así arranca, y prácticamente se mantiene en ese tono. De hecho, acaba menos elegante: «cuando digo del Sur, gaditano y andaluz, miro al Norte y me lo paso por “to” los rincones». Parece que, simplemente, se trata de una provocación, casi barriobajera y chusca, que incide en esa estúpida brecha geográfica, romántica y nacionalista. ¿Pero qué significa el Sur? ¿Qué es el Sur en la literatura, en la cultura occidental? Es una metáfora que viene de lejos. Perdonen la turra, pero trato de explicar lo universal que hay en Juan Carlos Aragón.

Dice Manuel Vázquez Montalbán: «No todos los sures son iguales. El Sur cuya existencia propone Mario Benedetti no es el de Melville, aunque por extensión abarque su significación de paraíso terrestre, de plenitud de la piel en contacto con la felicidad del calor y los frutos gratuitos de la tierra. Tampoco es el Sur urdido por los tecnócratas de la ONU o de la Unesco para crear una línea imaginaria más que separe la riqueza del Norte de la sureña pobreza que hace posible esa riqueza. Pero también el Sur benedettiano implica ese Sur siempre más pobre que cualquier Norte». El Sur se convierte en metáfora de sol, de espíritu mediterráneo, de cierta Grecia clásica (la que Juan Carlos habrá admirado e idealizado tanto gracias a Nietzsche —recordemos que era profesor de filosofía), en definitiva, de una vida cargada de vitalismo inocente.

Esta imagen del Sur, para que se refuerce, tiene que acudir a su contraria, la del Norte, y ya se pueden imaginar todo lo que se podrá decir del Norte por contraposición. ¿Y qué dice Juan Carlos en ese pasodoble? «En el Norte la miseria no se ve porque va dentro del hombre. En el Sur no hay más miseria que tener en el Norte a los del Norte. […] En el Norte los del Sur pasan frío en el tren, en la ciudad y en la gente. En el Norte sale el sol escondido. El Norte es rico pero aburrido. El Sur es pobre pero caliente». Yo, más camusiano que qué, no puedo evitar acordarme de un pasaje de Camus que parece hermanado con Juan Carlos: «La pobreza nunca me pareció una desgracia: la luz derramaba sobre ella sus riquezas. Iluminó incluso mis rebeldías». Rebelde Juan Carlos.

En este sentido, se ha comentado en estas horas, en multitud de foros, la actitud libertaria y contestataria de Juan Carlos Aragón, y en su Sur también nos la encontramos. Ahora bien, si antes dije que no es uno de los grandes de las humanidades, sin embargo, hay que reivindicar su alta posición en el plano cultural en que se movía. El carnaval, a diferencia de las grandes novelas, nos lo topamos por la acera, nos tropezamos con él, le tenemos que hacer hueco para compartir el paseo marítimo o los callejones, para no chocarnos. Ése es un respeto carnal, cívico y cotidiano bien distinto a los medios de la alta literatura. O sea, el carnaval es más que un puente entre la alta conciencia de salón y academia y la conciencia de calle. Juan Carlos siempre, siempre, siempre, se sintió atrapado por esa idea, y evitaba (evitó) el sensiblerío simple y el vano efectismo como el que evita pisar una mierda por las mismas calles que compartíamos con él. La «conciencia crítica inventora de la metáfora del Sur sólo estará en condiciones de ser energía histórica, movimiento social, si se encarna en las masas y las articula hacia objetivos de supervivencia, solidaridad, libertad», sigue diciendo Montalbán. He ahí el lugar de Juan Carlos Aragón, y he ahí, de paso, el lugar del carnaval. Sigue Montalbán: «Tal vez valdría la pena intentar robar la metáfora del Sur a Melville, a Benedetti, a Eliot, a Quasimodo, a Erice, a mí mismo, y entregarla a las masas, como una materia plástica espiritual, para que hagan con ella lo que quieran; especulen lúdica, gravemente, y obtengan la forma de un objetivo histórico». Perdón por la aparente exageración que voy a escribir. Rebájenla si quieren hasta lo más pedestre. No habrá problemas. De hecho, desde ese nivel es desde el que parte su grandeza: Prometeico Juan Carlos Aragón. Ladrón silencioso de los sures de Melville, Benedetti y tantos otros, que nos entregó su Sur, nuestro Sur.

Aunque lo pida a gritos, trataré de resistirme a cerrar este elogio, esta elegía (maldita sea) a Juan Carlos Aragón como se suelen cerrar muchos pasodobles. Creo que está todo dicho. Si usted no conoce el carnaval de Cádiz o si a usted no le gusta, si le parece una bobada (que claro que puede parecérselo, ¡qué se le va a hacer!), pero si, sin embargo, tiene usted cierta conciencia social o cierta inquietud cultural, espero haberle ayudado a entender la pérdida que acaba de caérsenos implacablemente sobre la nuca.

Otro día podré hablar de lo que significaban los aedos en la antigua Grecia, donde no había credo ni religión. Escuchen el pasodoble sobre el Sur, si no lo han hecho ya. Ánimo, porque ha muerto un genio.

Ω

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